sábado, 5 de julio de 2014

¡CAÑA, CAÑA! (Crónica) Por: Nabonazar Cogollo Ayala

CALLE DEL COMERCIO DE LA BELLA Y SEÑORIAL CERETÉ - CÓRDOBA (COLOMBIA)

¡CAÑA, CAÑA!
(Crónica)
Por: Nabonazar Cogollo Ayala

La multitud siempre hace lo mismo:
Aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido

Juvenal

Había en el viejo mercado de Cereté hacia los años ochenta un curtido vendedor de guarapo que, aposentado tras un enorme barril cilíndrico de madera, llamaba la atención de los desprevenidos transeúntes con la vibrante expresión…

-¡Caña, caña!

Hombre recio y fornido, de piel oscura casi negra, que frisaría los 45 años o quizás más. Dueño de un envidiable vozarrón, el individuo paralizaba cuando se lo proponía, el tranquilo transcurrir de la vida en aquella esquina de la calle del mercado donde normalmente se ubicaba, cerca del almacén Madrid de la familia Fernández Tuirán. Solía suceder que cuando una muchacha bonita se aventuraba por aquellos lares, el pícaro vendedor dejaba entrever entonces los casquillos de oro de su enorme dentadura y en el preciso instante en que la chica pasaba frente a su improvisada venta de refresco, sacaba pecho y le espetaba a voz en cuello...

-Oiga joven, mire... la del calzón azul... ¡Vea... caña!

La interpelada volteaba instintivamente en busca de la fuente del sonoro llamado de atención y al tropezarse con el poco agraciado vendedor, bajaba avergonzada la cabeza en medio de repentino rubor, para escabullirse rápidamente entre la multitud. Mientras la cuadrilla de compañeros del cañero soltaba una andanada de estridentes carcajadas.

-¡Ajá!... ¡así es que se vende compae!.. Porque si usté no grita lo que tiene, ahí se le queda! ¡Pa´ alante  es pa´ allá!

Justificaba divertido el altisonante vendedor de guarapo, en medio de la algarabía que sus ocurrencias suscitaban. ¿Cómo se llamaba aquel individuo? Nunca lo supe. Pero lo cierto es que cada día por la tarde, después de la jornada académica del colegio, varios estudiantes íbamos donde el cañero para ingerir el refrescante producto de gusto dulzarrón con tendencia al sabor fuerte fermentado, propio del zumo de caña de varios días. Aquella bebida acompañaba de maravilla las carimañolas o las empanadas de huevo que ofrecía la fritanguera de enfrente, a orillas del caño Bugre. Con aquellos pocos bastimentos se entretenían los hambrientos estómagos mientras llegábamos a nuestras correspondientes casas a reponer energías.

Corría el año 1985 y el país recién acababa de salir de una reñida contienda electoral por la primera magistratura. El Partido Conservador había sido abatido luego de la azarosa gestión de Belisario Betancur Cuartas. El ingeniero civil y magnate petrolero Virgilio Barco Vargas –del Partido Liberal- se alzó con un triunfo arrollador dueño de una de las más altas votaciones en la historia electoral colombiana: poco más de cinco millones de votos. Aquel hecho había revuelto una vez más el hervidero político nacional, con sus correspondientes reflejos en la apacible y señorial Cereté.  Cualquier día en el mercado el consabido cañero protagonizaba la siguiente escena junto con sus compañeros de camarilla…

-¡Qué vaina tan mala que hubieran ganado los liberales! –

Le decía visiblemente acalorado uno de sus interlocutores

-¡Por el gobierno ese de Betancur fue que nos ganaron, pero ahora sí que nos jodimos!

-¡Ajá!... ¿Y por qué va a ser malo?... ¿quién te dijo a ti eso? ¡Este era el momento que estábamos esperando los liberales pa´ coger las riendas de la administración!

Replicó el dicharachero vendedor de caña, quien respondía al grupo de tertuliadores sin dejar de expender su producto a los numerosos compradores que lo asediaban.

-¿Ah que tú eres liberal, vende caña?
-¡Hasta la cacha compae!... ¡caña, caña!
-¡De haberlo sabido yo no te hubiera comprado esa vaina!... ¡El vende caña es liberal!... ¡oigan eso! ¡Maldinga la gata!

Y ante esta repentina noticia los tertuliadores apostados en la esquina de la calle arremetieron a insultos e improperios contra el vendedor; la mayoría de ellos en son de broma y uno que otro ya francamente pasado de tono...

-¡Mierda ese man es pastelero!... ahora que dizque liberal... ¡No sea tan sapo, hombre!

Los chistes hirientes se multiplicaron, hasta el punto que casi apagaron el vozarrón del humilde vendedor de guarapo. Éste de repente se vio rodeado de personas que le decían una cosa y otra, con el evidente ánimo de hacerlo cambiar de postura; lo cual al parecer no iba a ser posible dadas las sólidas convicciones políticas del hombre. Repentinamente el cañero salió de entre aquella turbamulta y se ubicó en un lugar vacío de la calle del mercado, donde algunos curiosos habían abierto espontáneamente un lugar, en vista de los bulliciosos visos que la discusión había adquirido. Dueño de la situación por un instante el cañero se paró en aquel llanito, cucharón en mano, para espetarle al grupo de contradictores…

-¡Yo no sé!... ¡lo único que sé es que Barco está arriba y más ná´!... ¡Está arriba en la silla!... ¡Eso es lo único que yo sé! ¡A mí no me vengan con jodías!

Ante esta salida desesperada del hombre, prorrumpieron en burlescas risotadas los querellantes, uno de los cuales, asumiendo la vocería del grupo, le dijo...

-¿Ahh con que está arriba?... ¡No vendas guarapo pa´  ve´  si Barco te va a venir a sacá  de pobre, marica! Ja ja ja

La punzante ironía del apunte redobló las carcajadas entre los presentes, quienes festejaron con grandes aspavientos el comentario con el que se dirimía la disputa de una vez por todas. El vendedor ahogado en su propia risa contribuyó a festejar el chiste a sus costillas.

-¡Malhaya sea cañero!... te barrieron.... Ja ja

Comentaba uno de los circunstantes de ocasión que se había quedado unos minutos a ver en qué paraba la discusión.  Reubicado tras su tradicional barril de guarapo, el hombre prosiguió su expendio mientras el alegre grupo de discutidores políticos se alejaba, celebrando entre ruidosa algazara, el triunfo verbal obtenido sobre aquel hombre que devengaba su sustento diario de la sencilla venta del provincial refresco, tan propio de nuestra tierra como los rojizos atardeceres del Sinú.
Madrid (Cundinamarca)
2005
VENDEDOR DE GUARAPO DE CAÑA DE LAS CALLES COLOMBIANAS

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