lunes, 28 de enero de 2013


 
CARPE DIEM

(Soneto)

 

Fluye pronto vida, fluye en cada instante…

Fluye rauda en el sentir de tu caudal.

Fluye efímera al momento palpitante

De la ilusión de lo perenne y lo vital.

 

Fluye al cielo, al vivo espacio que infinito

Se alza y huye al vivo dombo sideral.

Vuela etéreo a las regiones donde habito

Solo en sueños en la tarde vesperal.

 

Ahora vida, que huyes rauda yo te espero

Porque anhelo ya expectante, considero

Que has de darme el viejo limo del andar…

 

De la rueda de los tiempos, la que mata

Con su paso inexorable que desata

Del hollín de muerta vida, su cantar.


 
Nabonazar Cogollo Ayala
Madrid (Cundinamarca) Colombia
2006
 





domingo, 27 de enero de 2013

BANDERA VICTORIOSA (Poema)


BANDERA VICTORIOSA
(Poema patriótico)
 
¡Levanta tu rostro, pendón de mi patria!
Dorada ilusión del humano sentir…
Zafiro luciente que alturas alcanza
¡Purpúreo bregar del heroico latir! 
 
 
Un día en Boyacá, te elevaste procera
Y el mundo asombrado te vio tremolar.
¡Volaste en la altura, mi amada bandera
Y el viento del libre llevó tu cantar!
 
 

Allá en Ayacucho besaste las cumbres
De gloria inaudita con fe juvenil…
Pues Córdoba ataca al hispano y sucumbe
La altiva bandera de Iberia ante ti.
 
 
 
 
¡Bandera inmortal de Colombia la grande!
Pendón generoso de recia heredad…
¡Serás siempre libre del mar hasta el Ande!
¡Victoria y esfuerzo por la libertad!
 
 

Bolívar te hizo su capa y su escudo…
Seguiste sus pasos de oriente hasta el sur.
¡Centauros del llano marcharon desnudos
Siguiendo las huellas de tu libre tul!
 
 

Colombia nació de tu rostro y tu alma
¡Cual iris dimanas la diáfana luz…
De amor a esta tierra que egregia te aclama
Cual pueblo glorioso que adora la cruz!
 
 

Bandera sagrada de mi patria libre…
Un día te alzaremos en límpida paz.
Tu suelo de ancestros heroicos pervive
En cada varón que te ofrece su faz.
 
 
 
Los brazos de acero de los colombianos
Cual puros hermanos serán tu dosel…
Y tú generosa, verás cómo amamos
El ser de esta tierra de leche y de miel.

 
Nabonazar Cogollo Ayala
Bogotá D.C., 2009.
 
VICTORIOUS BANNER
By: Nabonazar Cogollo Ayala
 
Raise your face Banner of my Country!
Golden illusion of human feeling ...
Sapphire shining that reaches heights,
Purple heroic struggle of beating!

 


One day in Boyacá, you grew prowax
And an astonished world saw you fluttering.
You flew under sky, my loved flag
And the free wind took your singing!
 


Back in Ayacucho kissed you peaks,
Unprecedented glory with faith youthful...
Because Córdoba attacks and then succumbs
The proud banner of Iberia in front of you.
 


Flag of Colombia's largest immortal!
Generous banner of prideful inheritance ...
You are always free to Andes from sea!
Victory and effort for get the freedom!
 


Bolivar made ​​you his cloak and shield ...
You followed his steps from east to south.
Centaurs of the plain naked marched
Following in the footsteps of your free tulle!
 


Colombia was born from your face and your soul
And you gives the light of the rainbow.
You love this land that happy claims you
As a glorious people who loves the Cross!
 


Sacred Flag of my Country Free ...
A clear day you will lift up in Peace.
Your heroic Ancestors Floor survives
In every Man who offers you his face.
 


The steeled arms of Colombians
As genuine Brothers, they will be your Canopy ...
And you generous, you'll see how we Love
This beautiful land of Honey and Milk!
 
 
Nabonazar Cogollo Ayala
Bogotá D.C., 2009.

LADY GODIVA HEROÍNA DEL PUEBLO INGLÉS (Cuento histórico)


Corría el año 1040 de Nuestro Señor y en el viejo reino anglosajón de Mercia [1], gobernaba con mano de hierro y espíritu redomadamente despiadado, Leofric, conde del lugar, quien tenía por esposa a Lady Godiva, mujer de gran belleza descendiente de nobles anglosajones, quien  profesaba con devoción la fe cristiana.  Lady Godiva solía interceder ante Leofric a favor del pueblo de las pequeñas ciudades del poderoso reino, a quienes el malvado conde sobrecargaba con pesados impuestos para satisfacer sus numerosas guerras contra los vecinos, lo mismo que sus abundantes fiestas y vida disipada. Godiva imploraba ante los pies de aquel demonio  por las pobres viudas y los huérfanos, producto de aquellas brutales guerras, pero en más de una ocasión los ruegos fueron inútiles. En alguna oportunidad el asunto fue a mayores…

La condesa Lady Godiva y su esposo, el conde Leofric...


-          Leofric, Leofric… descendiente de anglosajones de noble y gran corazón. ¡Te lo suplico mi buen y gran señor! ¿De dónde habrán de sacar oro, lino, harina de trigo y piedras preciosas esos pobres aldeanos, que a duras penas tienen algo para comer y ello gracias a la caridad que yo les prodigo?

-          ¡De eso se trata, mujer inútil! ¡Tú tienes mal acostumbrados a esos ratones de aldea, buenos para nada! ¡Has vaciado el poco trigo de los graneros de Palacio y has quitado el pan de la boca de mis soldados!

-          Pero mi gran Señor… ¿Es que acaso son más valiosos los agentes de la guerra, del mal y la destrucción que esos desgraciados aldeanos que sólo piensan en trabajar, en honrar a Dios y en hacer el bien?

-          ¡Cállate mujer imbécil! ¡Poco me importan tus estúpidas razones evangélicas! ¡Mi Evangelio es la guerra! En poco tiempo Nuneaton y Bedworth caerán en mi poder. Mis tierras se acrecentarán, ja ja ja. Y de mi empuje no se salvará ni el mismísimo Reino de Gales, más allá del río Humber. Ja ja ja ¡Celtas estúpidos!

-          Te lo pido mi Señor, te lo pido… no los graves con más impuestos. ¡Se morirán de hambre!

-          ¡Silencio! Ya suficiente he tenido con el oro que has gastado fundado conventos en Coventry [2] y en la aldea de Stow. Pero… un momento… ¿Amas a Jesucristo, verdad?

-          Pues sí, pero… ¿En qué estás pensando?

-          En nada más que en probar tu supuesta fe y tu amor al pueblo, ja ja ja.

-          ¿Qué te propones Leofric?

-          ¡Te propongo un trato Godiva! ¡Un jugoso trato, para que mires cuán generoso es el Señor Monarca de estos lugares!

-          ¿Cuál es ese trato, agente de los infiernos?

-          ¡No me insultes!.. Mira, es muy sencillo. Te juro que no gravaré al pueblo de Mercia con nuevos impuestos para la guerra, si tú accedes a un pequeño sacrificio público en su favor. ¿Accederías?
 
 
-¿Cuál es ese pequeño sacrificio del que hablas, Leofric?
Si de verdad amas tan entrañablemente a tu pueblo como aseguras y te dueles por lo que pueda sucederle, así sea que se mueran como malditas ratas apestadas sin nada de comer… ¡Cabalgarás totalmente desnuda por las calles de Coventry a plena luz del día, en medio del frío invernal!
 
¡Con ello verás cuán ruines son esos detestables aldeanos, que se solazarán en ti, dejando ver su apestable lujuria, nada cristiana por cierto! Ja ja ja ¡Qué divertido será si tú accedieras, ver cuán equivocada estás al defenderlos! Ja ja ja.
 
-Pero… ¿Cómo se te puede ocurrir semejante atrocidad? ¡Oh cuánta razón tenía mi padre el rey de los sajones, al llamarte “el más depravado vástago de Inglaterra”! ¡Que el infierno dé cuenta de ti! -Allá he de ir si es necesario, querida. Mi próximo objetivo militar es Wessex… ¡Seré su rey! Ja ja ja. Entonces… ¿Qué dices Godiva? ¿Cierto que no te atreves?
 
Levantándose del suelo en actitud altiva como corresponde a una dama noble, descendiente de las más rancias familias anglosajonas, Godiva recogió su hermoso cabello pelirrojo y desafiante le espetó…
- ¡Pues sí acepto, rey de la ignominia! ¡Cabalgaré por Coventry en medio de la niebla invernal sin más vestimenta que mi roja cabellera sobre mi cuerpo! ¡Dios recibirá este sacrificio en prueba de lo mucho que amo a mi pueblo!
-¡Ah vaya! La reinita aceptó el desafío. ¡Pues bien mujer, tú lo has querido! Tendré oportunidad de reírme de tu estúpido sacrificio desde mi balcón de Palacio con todos mis ministros y señores de la Corte.
- ¡Haz lo que te plazca, el pueblo lo agradecerá!
 Al día siguiente bien temprano corrió la noticia por todo Coventry, gracias a los sirvientes de Palacio que informaron sobre el inaudito sacrificio que la condesa estaba dispuesta a realizar aquel día en prueba del amor a su pueblo. En una plaza de la pequeña ciudad el párroco dirigía estas palabras a la multitud.
-¡Ciudadanos de Coventry! Nuestra reina, la amada condesa Lady Godiva cabalgará desnuda por las calles coventrinas a cambio de que el Tirano nos libere de una nueva carga de impuestos. ¡Nadie habrá de mirarla, nadie! Y que caiga la ira de Dios y la maldición de los infiernos sobre aquel que ose mancillar con sus ojos el divino cuerpo de nuestra amada benefactora!
 
-¡Sí, sí, sí! ¡Así será! Nadie habrá de ver a Lady Godiva…
 
El sol matutino se puso sobre el cenit en el punto exacto del medio día. Esa era la hora convenida entre Godiva y su pueblo para iniciar el sacrificio. Absolutamente todos los aldeanos se encerraron en sus casas a orar por el bienestar de Mercia y de su Reina. Mientras tanto cubierta únicamente con el manto rojizo de su cabello, Godiva inició el recorrido por las desérticas calles de la ciudad.


El sol pálido se filtraba  por entre los fríos jirones de la niebla del invierno. Una tras otra fueron recorridas las estrechas callejuelas de casas, apiñadas y cubiertas de losas de piedra, sin que una sola alma se atreviese a injuriar con su mirada a la buena soberana. Cuando quedaba la última, Godiva sintió un extraño cosquilleo en su cuerpo desnudo… un infame sastre, Peeping Tom, haciendo caso omiso de las instrucciones convenidas por los ciudadanos, se atrevió a espiar a la Reina por el ojo de la cerradura de su casa en el preciso instante en que aquella cabalgaba por la callejuela.




 
Pero Dios irritado por la grave falta del atrevido fulminó maldición sobre él y en el acto lo dejó ciego para siempre. Como tocado por un rayo el desgraciado sastre se revolcaba de dolor por los suelos, mientras los lugareños al oír el alboroto, una vez culminado el recorrido de la Reina, entraron en tromba en casa de Peeping Tom.  Lo hallaron llorando y suplicando perdón en el suelo en medio de las más espesas tinieblas.  Fue apresado por los enfurecidos aldeanos quienes lo encerraron en la prisión de Coventry. La noticia del incidente llegó hasta Palacio donde dio lugar a la siguiente escena…
 
- ¡Vaya sacrificio estúpido mujer! ¡Se ve que te ama de verdad tu pueblo! Pero eso no se puede afirmar a cabalidad. Un tal Peeping Tom espió tu desnudez, ja ja ja.
- Mi pueblo ama a su Reina como el que más, mi cruel señor. En cuanto a Peeping Tom, el Rey de los reyes dio cuenta de él en castigo por su grave falta. En cuanto a mí ya lo he perdonado por cuanto no olvido que entre el trigo y la cebada se cuela a veces la cizaña, como reza el Evangelio. Pues bien… he cumplido con mi parte del trato Leofric. Falta que ahora tú cumplas con la parte que te corresponde… ¿Liberarás a mi pueblo de nuevos impuestos conforme  tu palabra?
- ¡Pocas veces cumplo mi palabra, por cuanto un Rey guerrero no acostumbra tenerla! Pero en vista de los que has hecho y del apoyo que has tenido, haré una excepción.
 Y esto diciendo salió Leofric al balcón de Palacio y a voz en cuello dictó el siguiente decreto:
 
¡Ciudadanos de Coventry y de todo el Condado de Mercia! Cúmplase la siguiente orden real: a partir del día de hoy no gravaré con nuevos impuestos al pueblo de Coventry, a los aldeanos de Stow, a los habitantes de Northumbria ni en definitiva a ningún habitante de estas tierras. Ello en gracia del sacrificio que en vuestro favor ha realizado vuestra soberana, lady Godiva, ornamento y gracia de la nobleza anglosajona. Las guerras de expansión proseguirán pero se financiarán con los dineros del Tesoro Real. ¡Tesorero, tomad nota de cuanto he dicho y que así sea!  
 
Sobre las últimas palabras en la boca de Leofric, se escuchó un atronador grito de alegría de los aldeanos coventrinos quienes como una sola voz decían…
 
¡Que viva Lady Godiva! ¡Que viva nuestra soberana! ¡Gracias Dios del cielo por habérnosla dado! ¡Que viva la Reina!
Lady Godiva moriría en 1080 a edad no muy avanzada debido a una afección sobre su delicada salud. El pueblo de todo Mercia la lloró amargamente y la convirtió en una heroína, símbolo de la resistencia sobre la injusticia y la tiranía. Su figura ha traspasado los pueblos y los siglos por la gallardía y el valor de sus acciones a favor de los más necesitados. Y aún en las sencillas aldeas inglesas se escucha un bello cantar romancero en su honor que empieza así:

Una reina tan bella cual santa

En defensa del pueblo elevó…

Su protesta ante el mal que la espanta

Y a las calles desnuda salió.

 

La siguió en su triunfal recorrido

Por Coventry un arcángel de Dios

Que dejara a aquel sastre atrevido

Sin poder contemplar más el sol.

 

Esa Reina fue Lady Godiva

La que el pueblo por siempre adoró!

Monumento a Lady Godiva
 
Nabonazar Cogollo Ayala
Madrid (Cundinamarca)
Agosto 7 de 2003


Reflexión: Esta emotiva historia es profundamente aleccionadora y posee una vigencia innegable, aún casi mil años después de haber ocurrido tan extraño como bello episodio. Lo que nos demuestra la leyenda de Lady Godiva es que la injusticia siempre ha existido y contra ella se han levantado almas valerosas que pusieron el beneficio de los demás por encima de sí mismos, hasta el límite del sacrificio, inspirándose en el mensaje de bondad universal y amor al prójimo profesado en el Evangelio. La fe de Godiva era muy grande, inmensa, ella creía ciegamente en Dios y en su pueblo e impulsada por ese amor sobrenatural al Uno y al otro, decidió  un día salir desnuda a las calles de la pequeña ciudad de Coventry, con tal de mermar un poco el hambre y el sufrimiento de los más necesitados. Su pueblo se estremeció al ver la resuelta determinación de la buena soberana y decidió encerrarse en sus modestas viviendas para salvaguardar la honra y dignidad de la Reina que así se sacrificaba por todos.   En inglés antiguo el verbo to peep significaba espiar, observar, atisbar… Peeping Tom[1] –el infame sastre de la historia- espió la desnudez de la bella soberana, lo que desató la ira de Dios y de los aldeanos, que arremetieron furiosos contra él, para terminar sus días, ciego en la cárcel de la torre del Palacio.  Sobre la faz del planeta tierra siempre ha existido el mal, el cual asume diferentes y aterradoras máscaras, desde la tiranía y el abuso en el gobierno, hasta la muerte, el asesinato, la depravación moral y la deshonra. Pero así mismo han existido -y existirán- personas valerosas, auténticos héroes o heroínas que en nombre de los más elevados y puros ideales, le hacen frente; para recordarle a la humanidad que el mal no siempre vence y que así como se nutre del odio, la ira, el resentimiento y el deseo de venganza. En contraprestación surge el bien que asume la forma de la determinación, la valentía y el coraje, por encima de todo cuanto pueda dañar a los seres humanos[2].








[1] Peeping Tom= “Tom el mirón”.


[2] COGOLLO AYALA, Nabonazar. Cuentos Morales. (Libro inédito aún en preparación).




[1] Antiguo condado del centro y sur de Inglaterra el cual poseía límites por el occidente con la frontera de Gales, por el oriente con la frontera de East Anglia y con el río Támesis al sur. La palabra Mercia deriva de la antigua voz inglesa Merce, que significa Pueblo de la frontera.
[2] Pequeña ciudad  en la región centro inglesa de West Midlands. En el año 1043 Lady Godiva y su esposo Leofric habían fundado un convento benedictino en ella. 

sábado, 26 de enero de 2013

CUANDO LOS AGUILUCHOS SE ESTRELLAN (Cuento)


El viento azotaba con fuerza su emplumada cabeza y el frío escalpelo del huracán embravecido descargaba su furia contra el pico acerado del ave rapaz. Empujaba empero, esta, con todas las fuerzas de su planeo uniforme y manteniendo la firme resolución de vencer la tormenta, entornaba los ojos mientras la endurecida estela de aquel viento que pesaba montones, en momentos parecía querer echarla hacia atrás. Pero el ave no cejaba en su empeño. Entornaba también sus alas y manteniendo rígidamente encorvado el cuerpo aerodinámico, se catapultaba como una bala emplumada contra el muro de viento arremolinado que parecía querer arrollarla y estrellarla de una vez por todas contra la rígida pared de granito macizo del risco sobresaliente, en la cima del acantilado, a los pies del rugiente océano.
 

¡Pero aquella águila no se daba por vencida y una vez más hacia allá iba!.. Aun cuando las sólidas evoluciones del viento la desvirolaran aparatosamente una y otra vez, como si fuera un insignificante juguete emplumado. ¿Por qué lo hacía? Porque las águilas no ceden, no se dan por vencidas y son fuertes e incisivas como un rayo dorado de sol que atraviesa desafiante el lúgubre velo negruzco de una nube impertinente. Así iba aquella, veloz como una saeta e impelida como un bólido hacia el centro mismo de aquel siniestro infierno de nubes, polvo, viento y marisma, por la vez enésima. ¿Qué buscaba? Alcanzar la cima inhóspita del acantilado solitario, en la imponente altura del peñasco más empinado sobre la línea del horizonte. Lugar este donde la tormenta ya no llegaba porque estaba por encima de las nubes. ¿Podría lograrlo? En ello le iba la misma vida. Alguna vez había alcanzado  aquel sitio celestial  en donde la base parda de la tierra, se junta con el sublime azul del cielo. ¡En donde el ser y el querer son una cosa y la misma! Estar parado sobre aquel pedestal de granito, cielo y nubes, pocas águilas habrían de lograrlo. ¡Pero aquella ya lo había hecho alguna vez!.. Aunque en medio de la esplendidez de una tarde calurosa de verano, cobijada bajo un cielo vespertino límpido de giros de nubes.

 
Pero aquella tarde, al filo mismo de la ennegrecida cabellera de la diosa de la noche, las cosas eran a otro precio. Sólo en aquel lugar crecía ese musgo rastrero que, adherido a la piedra misma, cobijaba entre sus múltiples y secretos escondrijos aquellas presas extrañas y sabrosas reservadas solo a quienes fuesen allá a buscarlas. ¡Ratoncillos de las rocas, conejillos silvestres y demás fauna misteriosa de las islas y lugares solitarios! Todo un aperitivo exquisito al paladar de un águila hambrienta como aquella, en la tarde de aquel día. ¿Para quién habría de ser aquella comida tan duramente ganada, al precio mismo de la propia muerte, de ser necesario? ¡En función de quién o quiénes se justificaba tamaño sacrificio? Todo aquello tenía únicamente una razón. Más que el águila misma eran ellos. Aquellos aguiluchos que  escapados con temor de novato de las inmediaciones del nido, jugaban a cazar los entumecidos y duros guijarros que impasibles los veían lanzarse contra ellos desde la altura del árbol del nido y estrellarse de manera escandalosa contra la tupida alfombra de humus del suelo de la vieja selva. ¡Qué jóvenes e inexpertos eran! ¡Qué faltos de previsión y pericia! No sabían casi volar y pretendían ya cazar en pleno vuelo. Las evoluciones de sus recortadas y desmedradas alas seguían el invariable zigzag  del aletear con mucha fuerza, perder el control de sí mismos… plas, plas, prum; -desvirolarse -; y finalmente ¡strash!, estrellarse contra el suelo una vez más. Pero algo importante debían hacer aquellos jovenzuelos alados, aprendices de cazador en las alturas: el águila madre les había encomendado la custodia conjunta de la construcción pajiza del nido. ¡El invierno había llegado! y los gélidos dardos de granizo contundente que todo lo destruían y atravesaban, debían ser anulados en su blanquecino efecto en  aquel lugar calientito donde el tibio verano aún moraba en toda la calidez de la cómodas colchas de plumón de ave. Aquel sitio atrae irresistiblemente a las águilas, las cuales, aun cuando vuelen alto y muy lejos, siempre retornan a él con la invariable exactitud de su reloj biológico.

 
 
Pero el irrefrenable y poco disciplinado impulso de aquellos rapazuelos todo lo olvidó, todo lo ignoró, todo lo escatimó. Y en el loco desenfreno de su aletear sin sentido, sin plan previo y sin coordinación, no solamente lo dañaron todo, irreparablemente, en la otrora tibia casa materna, sino en los alrededores de la hasta hace poco florida campiña, cuyos surcos y estrellones evidenciaban la magnitud de la catástrofe. La tormenta en su furor del averno había cedido al fin, hacia el momento mismo del crepúsculo. Y el águila majestuosa y triunfante se posaba orgullosa sobre la afilada cima del acantilado, en cuyo pequeño pedestal afelpado por el crecido musgo pululaban las deliciosas presas de caza. ¡El momento del triunfo había llegado! Ya de vuelta, las garras del ave se veían colmadas de trofeos con los que recompensaría el esfuerzo sin límites de la aventura, del reto, de la pasión y del logro de aquello que se fijara como meta.
 
 

El águila madre no cabía en sí de la dicha y de la satisfacción, ¡el infinito placer que se deriva del deber cumplido es quizás de las más bellas cosas en la vida! Y allá iba ella, con las garras llenas de alimento para sus polluelos y con el alma henchida por la emoción de sentirse la mejor águila mamá del mundo en ese momento. Pero ¡horror! ¿Qué sucedió? ¿Acaso la tormenta de la que había salido se había abatido sobre el nido? ¡No había nido! ¡Tampoco había polluelos! ¡Iiiiiiieeeeeeegghhhhhhhh! Precipitada en un loco picado de dolor, rabia y desesperación se lanzaba ahora el águila a la búsqueda de los suyos  y de lo que de su nido quedaba, mientras a pique, desde las alturas se precipitaban los flamantes trofeos de la travesía.


Tiempo después de aquello un águila solitaria desdibujaba su silueta ágil, esbelta y aerodinámica en el encendido anaranjado de la tarde muriente, lejos del grupo del resto de águilas, mientras otras de estas aves al verla comentaban entre sí:

 
-         ¿Quién es – por cierto- aquel avistrajo? ¿Es que no tiene nido ni nadie por quien luchar?

-         ¡Según se cuenta alguna vez los tuvo! Contestó con voz grave un águila vieja, pero su misma falta de previsión como águila adulta provocó al parecer la pérdida definitiva de los suyos. Desde entonces vuela sola en las tardes hasta los altos riscos, donde se enfrenta al viento y las tormentas, sin sentido. Cuando hay buen tiempo mira solitaria hacia aquel sitio poco accesible en las alturas, donde pocas se arriesgan a llegar. Y cuando el mal tiempo azota la costa se demuestra una y otra vez que ella si puede llegar allí. Quizás de esa manera está buscando su propia muerte o la superación de su propio dolor. ¡Quién sabe!

-         ¡Lástima! ¡Es de las mejores entre nosotras! Mira esa determinación de vuelo y esa gallardía. ¡Mira ese picado!

-         ¡Sí que lo es! Pero su fuerza interna de águila que lucha y vuela alto se sobrepondrán sobre la rabia, la melancolía y el desasosiego. ¡Lástima de su pollada! Se dice que fue toda consumida por el frío en el pasado invierno. El hecho ha servido de escarmiento a la colonia de águilas en estas costas. ¡Creer en aguiluchos irreflexivos es perder deliberadamente cualquier batalla! ¡Si has de volar alto y lejos, cree en ti y no te fíes excesivamente de tus polluelos! Estos no saben de esfuerzos y sacrificios, sólo de algazara sin sentido.

-         ¡Sí!.. Lo tendré en cuenta.

 
Nabonazar Cogollo Ayala

Madrid (Cundinamarca), Colombia. 2001

 

Este cuento lo escribí una vez cuando trabajaba como profesor en un colegio en Facatativá (Cundinamarca), en el año 2001. Impartía filosofía a los cursos superiores. En cierta oportunidad encargué al curso undécimo que me esperara unos minutos mientras fotocopiaba en las cercanías el examen bimestral que habría de aplicarles aquel día. Media hora después regresé y las directivas y demás personal del colegio estaban alarmados, por la creciente indisciplina y desorden que los chicos habían protagonizado en el aula durante mi ausencia. Se subieron a las mesas, destrozaron varias sillas y rompieron algunos vidrios de los estantes de libros, en fin. Indignado ante los hechos y luego de reconvenirlos severamente, anuncié una medida formativa. El resultado fue este cuento el cual aún me sobrecoge  por su temática y enseñanza moral.