lunes, 28 de abril de 2014

A LA BANDERA DEL ARAUCA Por: Nabonazar Cogollo Ayala



A LA BANDERA DEL ARAUCA
Por: Nabonazar Cogollo Ayala

Con el ímpetu y la fuerza del guerrero en la llanura
La bandera del Arauca se levanta por doquier…
La trazaron con la sangre del patriota que al romper
Las cadenas de la patria, fue heroísmo en la espesura.

Fue su tinte el verde intenso de mi llano que fulgura
Como nítida esmeralda de luciente amanecer…
Ella es campo y es verdura… ¡La esperanza de obtener
Un mañana de progreso que ilusiones asegura!

El pendón del araucano es el emblema siempre libre
De unos campos aromáticos que huelen a jengibre
Y una tierra bendecida por la mano del Creador.

¡Adelante hacia el futuro que se muestra esplendoroso!
Gritaremos araucanos elevando el orgulloso
Pabellón por siempre altivo de este suelo redentor.

Madrid (Cundinamarca)
Diciembre 20 de 2013


viernes, 25 de abril de 2014

EL SABIO DE OCCIDENTE Y EL ERMITAÑO (Apólogo) Por: Nabonazar Cogollo Ayala

EL SABIO DE OCCIDENTE Y EL ERMITAÑO
(Apólogo)
Por: Nabonazar Cogollo Ayala
Una vieja leyenda cuenta que había en la India legendaria un sabio ermitaño entregado completamente a las meditaciones y las labores espirituales en un sitio en despoblado. Aun cuando pertenecía a las más ricas y linajudas familias chatrias, él había optado por abandonar palacios, lujos, vestidos de seda y armas enjoyadas, para vestir harapos y retirarse a encontrar a Dios en su interior, en las afueras de la ciudad. Era un hombre de Dios, que veía la presencia del altísimo en el canto de las aves silvestres, en los dorados peces que jugueteaban en el arroyo cercano y en el agudo y estridente trinar de las chicharras en el invierno. Según su modo de ver nada le pertenecía en propiedad porque todo lo material “lo ataba a la mezquindad del mundo”, como él solía decir y añadía: “…el día más feliz de mi existencia, será aquel en que Dios me llame a su sagrada presencia”. Cierto día Susrava  (que así se llamaba el sabio ermitaño) recibió la visita de un estirado poeta español, que desgranaba  poemas y estrofas con la facilidad de un arroyo de aguas cristalinas. ¿Qué buscaba aquel refinado hombre de letras en la humilde vivienda de un ermitaño que se alimentaba de miel silvestre, frutas y langostas? Le habían hablado con asiduidad de la sabiduría de Susrava y quería confrontarla con su propio saber, sólidamente afincado en las letras y en la poesía. Para ello había atravesado Europa y parte de Asia… finalmente estaba ahí ante Susrava, a quien miró de arriba abajo con desdén y desprecio, como el hombrecillo insignificante y de actitud asustadiza que en principio le pareció que era…
-Conque tú eres el hombre sabio de la india que habrá de humillar mi sabiduría literaria cultivada y reconocida en las mejores universidades de occidente?
-Buenos días ilustre visitante… ¡Bienvenido seas a esta mi humilde morada! No sé qué te trae, pero sea lo que sea eres bienvenido. Siéntate por favor…
-¡Gracias! Pero antes dime… ¿Qué me puedes enseñar tú? ¿Cuántos títulos universitarios posees? ¿Cuántos libros has escrito? ¿Cuántas lenguas hablas? ¿Cuántas ciencias dominas?
-Los dioses nos sean propicios, imploremos para ambos sus bendiciones y bienaventuranzas… En ellos nace y a ellos vuelve la ciencia toda. Veamos…
La sabiduría no viene en frascos ni se vende al  por mayor en tiendas ni boticas. Ella surge dentro de tu propia alma, a la luz de la meditación quieta, serena y reposada. El saber no radica en un título universitario… ¿Qué título universitario le pedirás al derviche de Irán que ha descubierto en su alma las respuestas a los grandes problemas del mundo, luego de mucho meditar? ¿Qué título universitario le pedirás a los abuelos, llenos con la sensata reflexión del paso de los años? ¿Qué título universitario le pedirás al niño de escasos años que con su inocente y tierno preguntar pone en jaque a padres y adultos? El reconocimiento oficial dice que te has hecho merecedor de un título, pero el título por sí mismo no es la sabiduría, apreciado hermano de occidente…
-¿Ese es todo tu saber, hombrecillo? ¿No tienes nada mejor que ofrecer? ¡Eso es mero sentido común! ¡Cualquiera sabe eso! ¿Para eso vine desde tan lejos hasta acá? ¡A que me digas lo que todo el mundo sabe!
-Contén el juicio fácil de tu lengua irrespetuosa que ciertamente te lleva al error y a la perdición, hombre necio de occidente. Si crees que todo lo sabes y que todo lo has resuelto plenamente, no tendré nada que enseñarte…
Encolerizado el ilustre profesor quiso entonces humillar al hombrecillo hablándole en pulidas estrofas castellanas, con rima perfecta:

-¿Qué te crees, hombre pequeño?
¡Tan minúsculo es tu ser!
¿Enseñarme ese es tu sueño?
¡Poco y nada es tu saber!

-Cierto poeta le dictó a mi alma estas máximas, hombre necio de occidente:

-Hombre de occidente, hombre…
Levantado en egoísmo…
Tan confiado en tu ser mismo
¡Que olvidaste el santo nombre!

El saber no está en los títulos
Pues lo hallas siempre en ti…
Meditando el frenesí
De este mundo entre sus vínculos.

Petulancia y prepotencia
No te llevan al saber…
¡Más te alejan de su ser
Y te enseñan falsa ciencia!

Minimiza esa creencia
Que eres sabio entre los sabios…
¡Que el saber está en tus labios
Y en los otros es demencia!

Egoísmo es mal amigo
Que te lleva al precipicio…
Y te ofrece el desperdicio
De un saber que es enemigo.

El saber yace en las cosas
Cotidianas de la vida…
Él a diario te convida
En el niño y en las rosas.

Vete amigo de occidente
Y no olvides la lección…
¡Que no mande el corazón
La razón del imprudente!

Anonadado el eximio profesor de literatura al ver la facilidad con que aquel hombrecillo de la India versificaba en una lengua que no era la suya propia y la profundidad de la lección de vida impartida,  solo atinó a balbucear…
-Pero… ¿Cómo? ¡No es posible! ¡Vos no habláis español como vuestra lengua materna! ¿Cómo es que podéis versificar y con semejante facilidad? De otra parte… ¿Quién os ha enseñado toda esa filosofía de vida? ¿Quién ha sido? ¡Yo también quiero aprender!
-¡Hombre sabio de occidente! Vuelve por dónde has venido. Ya mis labios han hablado, como decía Jesús de Nazaret, vuestro Dios y Señor: ¡El que tenga oídos para oír, que oiga… El que tenga ojos para ver, que vea!
Dios vuestro Señor esté contigo hoy y siempre.
Madrid (Cundinamarca)
Marzo 23 de 2014

sábado, 19 de abril de 2014

SILVANO O EL JARDINERO DESLUCIDO Por: Nabonazar Cogollo Ayala

HOMOBONO COGOLLO GUZMÁN
(El Nabo Cogollo)
a los 17 años de edad
SILVANO  O  EL  JARDINERO  DESLUCIDO
Por: Nabonazar Cogollo Ayala

El año en que sucedieron los hechos que ahora voy a narrar no lo preciso, como quiera que yo aún ni siquiera había nacido –hecho último este que se produjo en el mes de julio de 1967-. Conjeturo que la ocurrencia de los subsiguientes episodios se pudo haber dado a principios de la década de los sesenta, quizás entre los años de 1962 y 1964. En fin, como quiera que haya sido, yo desde los lejanos días de mi niñez me acostumbré a escuchar esta divertida anécdota de parte de mis padres y hermanos, cuando en las calurosas noches de marzo o abril, alrededor de una refrescante gaseosa común, la volátil y ágil mente de Papá evocaba aquel lejano suceso risible para exorcizar el fantasma del cansancio de la dura jornada del día y luego de referirla entre grandes aspavientos y actitud de circunstancia, lograr a voz en cuello un torrente de infaltables y diáfanas carcajadas.

¿Cuál fue el referido suceso? Es el siguiente, tal y como a mi me fue contado una y otra vez a lo largo de los ya lejanos días de mi niñez.

Mis padres luego de haber comprado la pequeña finca llamada La Florida, a orillas del viejo Camino Real que lleva desde la vereda de El Obligado hasta Cereté, pasando por las veredas de Rusia y Chuchurubí, se instalaron en aquella solariega y menuda casa, techada con palma amarga y graciosamente pintada con un pálido color celeste. Según Mamá nos refería el precio de aquella estancia campestre se había fijado en sesenta mil pesos, lo que implicó que ellos vendieran la finca Yarumal en la que anteriormente vivieran –en la vereda de Calderón- ; no obstante lo cual el dinero obtenido por dicha venta resultaba insuficiente. Ante dicha eventualidad debieron vender además una nutrida cría de cerdos y gallinas que poseían, para poder completar aquella suma que entonces era considerada fabulosa. Una vez instalados en la nueva casa, la dicha no podía ser mayor. El matrimonio contaba entonces únicamente con cuatro hijos, que en su orden eran los siguientes: Raúl, Álvaro, Consuelo e Isabel Cristina. El quinto y último de los hermanos –quien esto escribe- pasarían aún varios años para su advenimiento al mundo.

Mi mamá era entonces una mujer ciertamente hermosa, de agraciados ojos color miel, piel blanca y estatura señorial, que frisaba los treinta años. Ella se dedicaba buena parte del día a los quehaceres de la finca, que iban desde el riego de las plantas ornamentales de aquel enorme jardín del frente de la casa, hasta el ordeño de las vacas y la elaboración del queso para el consumo de la familia durante la semana. Para efectos de ayudarle en tantas y tan disímiles tareas, mi padre determinó contratar a alguien que le aliviara al menos la carga que suponía regar, limpiar y podar aquel jardín –que ciertamente es el más grande que yo jamás haya visto en mi vida-. Fue así como llegó a nuestra casa un mucharejo de escasos quince años llamado Silvano, quien vivía en la vecina vereda de Rusia y llegaba al amanecer y se marchaba con los últimos rayos del sol de la tarde. Obediente y diligente el buen jardinero resultó de gran ayuda para mi atareada madre, quien además debía sacar tiempo para atender a cuatro inquietos y traviesos rapazuelos.

Cierto día Mamá recibió la visita de varias señoras de la sociedad cereteana, quienes pasaron todo un día entre las delicias del viento sabanero y el dulce zumo de las múltiples frutas que entonces la finca escanciara en abundancia.  Encantadas con aquel paraíso campestre a escasos tres kilómetros de la cabecera municipal, las señoras se marcharon al caer de la tarde con la promesa de volver otro día acompañadas por lo más granado de la alta clase cereteana, con el fin de relacionar socialmente a mi madre, a quien veían sola y excesivamente aislada entre el quehacer diario de la finca. Y efectivamente así fue. Cierto día a media mañana un par de carros atestados de gente, señoras encopetadas, atildadas abuelas y niños correlones, hicieron su entrada estelar en el patio central de la finca. Vinieron los consabidos saludos, abrazos, caricias, apretones de manos y presentaciones formales. Aquel día prometía ser de lo más entretenido para visitantes y visitados.

La enorme visita se esparció a diestra y siniestra hasta los últimos rincones de la finca. Los chicuelos se adueñaron de la huerta de árboles frutales donde hicieron de las suyas, por cuenta de guamas, mangos, caimitos, naranjas y mamoncillos. Por su lado las abuelas y señoras se dividieron en dos grupos. Unas se deleitaban en escuchar el canto de los turpiales que mamá mantenía en la enorme pajarera empotrada en el suelo, que campeaba a un costado del patio grande. Mientras otras se sentaron en sendas mecedoras, a pierna cruzada, en la terraza lateral de la casa, para dar fresco y contentillo a los múltiples temas de conversación que entonces se hallaban en primer plano  en los mundillos sociales de Cereté y Montería.  ¡Ciertamente entonces la vida era hermosa y plena!

Al caer de la tarde los refrescos y manjares escasearon y de tanto hablar, fumar, reír y jugar naipes, la sed y el hambre volvieron a hacer de las suyas. ¿La solución? Mi papá vino en auxilio de la situación e hizo llamar al buen  Silvano a grandes voces para que con su consabida agilidad se encaramara en uno de los altísimos cocoteros que franqueaban la entrada a la finca y bajara el mayor número posible de cocos, cargados de dulcísimo y tierno manjar con su natural agua de refresco, para aplacar la creciente necesidad de hidratación de los múltiples invitados. Hasta ahí todo marchaba muy bien. Hizo Silvano su entrada triunfal en la terraza ante el grupo de señoras y causó admiración por su contextura morena y fibrosa, al igual que por su humilde indumentaria, compuesta por un grueso suéter de lana cruda y unos raídos pantalones de lona, mochos a media pierna y sujetos a la cintura con un cordel ordinario de pita de fique.

-         ¡Silvano! Súbete a un palo de coco de los de más allá, el que esté más parido… ¡Ve con las señoras! Para que ellas te digan cuáles cocos quieren…
-         ¡Sí Don Nabo!

Acto seguido y luego de atravesar el enorme patio de tierra apisonada, precedido por un nutrido grupo de mujeres entre jóvenes y viejas, Silvano escogió el árbol más cargado de frutos. Y sin mayores preámbulos inició su rítmico y formidable ascenso por aquel espigado y anillado tronco, haciendo gala de fuerza con sus musculosos y juveniles brazos. Es de anotar que el cocotero escogido por el jardinero era bien alto y llegaría quizás al límite de los diez o doce metros, como quiera que fuera uno de los más antiguos de la finca. Ello implicaba un esfuerzo fuera de lo normal para cualquier hombre –por joven o ágil que este fuera-. Y efectivamente quizás Silvano sobreestimaba sus fuerzas, porque lo cierto es que el ascenso del árbol le llevaría más tiempo y trabajo de lo que él en principio estimaba. Cuando el muchacho iba hacia la mitad del tronco de la gigantesca palmera, sus raídos pantalones no aguantaron más la estrecha tirantez a que habían sido sometidos y de un extremo hasta el otro se abrieron en una formidable ruptura que iba desde la bragueta delantera, pasando por las entrepiernas, hasta el hilo trasero de la cintura. Afín a la costumbre generalizada entre los campesinos sabaneros, el buen Silvano no admitía el uso de ropa interior como prenda de vestir. ¡Con sus pantalones gruesos de lona –pensaba él- era más que suficiente! Fue así como de buenas a primeras y ante la vista expectante de su nutrido auditorio femenino en tierra, el jardinero quedó a medio tramo del espigado cocotero, exhibiendo con claridad meridiana sus partes nobles, ante el asombro hecho malicia, la risa y la algazara de las señoras que no le quitaban los ojos de encima. Una de ellas solo atinó a decir…

-         ¡Ay señor! ¡se quedó encuero!

Azorado hasta el límite de la desesperación por la inesperada e incómoda encrucijada en la cual se encontraba ahora y agarrando desesperadamente con una mano lo que quedaba de sus raídos y rotos pantalones, Silvano optó por abandonar el ascenso y dejarse deslizar rápidamente por el tronco del cocotero. Ninguna de las encopetadas damas se movió de su sitio, como obedeciendo a un secreto impulso que las llevaba a olvidar el hambre y la sed que las habían acuciado minutos antes y a permanecer como clavadas en su sitio, para incomodidad del avergonzado jardinero.

Silvano llegó al suelo en cuestión de segundos, completamente desnudo de la cintura para abajo, sin que la cruel insistencia de la mirada de las señoras lo librara de la enorme vergüenza, que se traducía en su rostro en  insistentes oleadas de calor. Luego de dar un grito de desesperación, el mucharejo puso pies en polvorosa  y bajándose el suéter de lana cruda lo más que pudo para cubrirse, echó a correr por el camino de la entrada principal a la finca, rumbo a su humilde vivienda en la vereda de Rusia. Tras de sí solamente se escuchaba la barahúnda de carcajadas con que el grupo de mujeres celebraba la situación, tan divertida para ellas.

Aquél triste suceso pasó y de Silvano no se volvió a saber nunca más en la casa de mis padres, sólo que aquella tarde había decidido marcharse para siempre, por cuenta de la inusitada turbación de su espontáneo strip tease ante un respetable y encopetado grupo de señoras de la alta sociedad cereteana, crema y nata de los más depurados y encumbrados valores que la moral y las buenas costumbres suponen, en cualquier nación civilizada de la faz del viejo planeta tierra.


Nabonazar Cogollo Ayala
Marzo 19 de 2007.
Madrid (Cundinamarca)

viernes, 18 de abril de 2014

GABRIEL JOSÉ DE LA CONCORDIA GARCÍA MÁRQUEZ (In memoriam)


GABRIEL JOSÉ DE LA CONCORDIA GARCÍA MÁRQUEZ
(q.e.p.d.)
Te fuiste pero desentrañaste de nuestra realidad inmediata todos aquellos valores y vivencias que, pese a tenerlos ante nuestros ojos, no veíamos o no queríamos ver, en nuestra obcecación tropical. Nos hablaste de nuestros pueblos, aldeas y ciudades a través de Macondo, esa aldea genérica, fundada cerca de un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos; ese villorrio hecho ciudad a la fuerza por la intromisión extranjera de la United Fruit Company… ¡El extranjero llega, nos explota y nos niega y nosotros hacemos fiesta de ello como si de nosotros no se tratara! Ingenuos como niños y con la inocencia propia heredada de aquellos primitivos aborígenes Taínos a los que Colón empezó a depredar en octubre de 1492 y quienes llamaban a los europeos, castamente en su bella lengua indoamericana… “Los hombres del cielo”… Nos hablaste de nuestros viejos inéditos, abuelas y abuelos olvidados, curtidos con las cicatrices de nuestras múltiples guerras a los que hasta la oficina de correos ya no querían atender, porque nadie nunca se acordó de ellos, amén de ellos mismos y de esa memoria que se resistía  a ser condenada al cuarto de los trebejos viejos. Nos hablaste de las añejas creencias locales que dan fe a subterfugios y supersticiones, como que los sueños y presentimientos de viejos se cumplen o como el valor desmedido que aún le daban, en alejadas aldeas latinoamericanas, a la clásica manchita escarlata en la sábana que arropó el tálamo nupcial de los recién casados… Nos trajiste las infidencias del amor en los tiempos del cólera, en fin… Gabo, fuiste y serás único. Abriste una brecha en la decodificación de nuestra realidad como nadie antes lo hiciera. Nuestra misión será convertir esa trocha inicial, en toda una autopista autoafirmante y constitutora de nuestra realidad, sin el discurso alienante y enajenante del extranjero que quiere negarnos en nuestra propia tierra. Tú, Gabo, fuiste la tribuna y el púlpito desde los cuales el foráneo fue y seguirá siendo ferozmente vapuleado por la fuerza latinoamericana.
A  la manera de Remedios la bella ascendiste a los cielos, un cielo en el cual poco y nada creíste, pero que de seguro te habrá acogido en su seno.

Un abrazo y un saludo, que no de despedida, de quien mucho te apreció y admiró en vida.

NABONAZAR COGOLLO AYALA
Abril 18 de 2014
(El viernes santo)


jueves, 17 de abril de 2014

ALBORADA CORDOBESA ¡Vuelve el puerco y jala el cuero..! Por: Nabonazar Cogollo Ayala


ALBORADA  CORDOBESA
¡Vuelve el puerco y jala el cuero..!

Por: Nabonazar Cogollo Ayala

Corría la segunda mitad de la década de los ochenta y cada madrugada entre las 5:30 y las 6:30 se escuchaba la voz alegre del locutor Ramiro Mendoza Portacio quien despertaba a Córdoba con su canto decimero y su algarabía regional, porque era mejor “coger el día por la punta”. Aquella cita diaria con las costumbres ancestrales de nuestra tierra, la leyenda y el dicho de monte, al son de los más inspirados porros y fandangos de los compositores criollos, dejaron una huella indeleble en el alma de los que un día tuvimos que partir en busca de oportunidades formativas y laborales. Al ya extinto programa radial Alborada Cordobesa, lo mismo que a su inmortal inspirador este sencillo pero emotivo reconocimiento.


¡VAMOS  COMPAE  LEVÁNTESE!

“¡Volvió, volvió y amaneció dijo el lechero de Arteaga... y del mismo lao!... ¡Vuelve el puerco y jala el cuero!; y aquí vamos como tres en el anca de un piojo, la gurupera corta, subiendo loma y la pechera partí´a!... ¡Pa´ adelante es que va la vaina y de todas maneras Viloria a la cárcel va!... de todas maneras. Hombe... empieza la semana; hoy es lunes de...”

De esta simpática forma empezaba cada día el programa de Mendoza Portacio, bendiciendo las frescas madrugadas del Sinú y el San Jorge con aquella retahíla de dichos de monte que a muchos resultaba incomprensible pero que provocaba las más espontáneas carcajadas en la mayoría de los radioescuchas. ¿Por qué? Porque ahí se hacía presente, de alguna manera nuestra tierra toda: Ahí estaba vivo y latente Córdoba, con su mentalidad colectiva y su picaresca inigualable. Con la lógica simple pero contundente de los raciocinios de sus campesinos y con la electrizante música de sus fiestas y corralejas. “¡Volvió y amaneció... Vamos compae levántese que hay que coger el día por la punta!” ¿A quién no estremecía aquel grito de batalla que se constituía en toda una afirmación de la propia identidad?

EL OTRO DÍA ME ENCONTRÉ...

Y continuaba el mago de la palabra y la oralidad cordobesa... “El otro día me encontré con Petronita, una amiga mía de allá del lao de Cereté. Y me dijo, oye Ramiro te voy a contá una cosa que me pasó pa´ que la cuentes en tu programa: Hombe resulta que los otros días me levanté más o menos hacia la media noche porque estaba más bien como desvelada y fui al tinajero a tomarme una bebida de valeriana. Pero... ¡Malhaya sea!...no había agua. Eso quedaba era un guarrú ahí. Entonces cogí un mechón pa´ salir al tinajero de la cocina, porque era noche oscura sin luna. Bueno. Yo me salí pa´ afuera con el mechón y me estaba tomando la valeriana al costado del horcón de la cocina cuando vi que por el caminito de la cerca de tuna venía una procesión de gente. Un poco de viejas, viejos y peladas iban pasando con unas velas prendías. ¡Mierda, a mí se me espelucó el cuerpo!... ¿Y esa vaina qué era? Bueno, pero yo, entre miedosa y animosa no me metí pa´ dentro y más bien empecé fue a reparar a la gente, a reparar a la gente y empecé a darme de cuenta que ahí iban unos conocidos míos. Yo decía pa´ entre mí... “Mira ahí va Fulanito de tal; allá va Menganito. Allá va la hija de Zutana... en fin”. Yo cogí confianza y me terminé la valeriana y me arrimé a la cerca de tuna del camino. Cuando estaba yo ahí parada pasó la procesión de gente por enfrente de mí con los mechones prendidos y una de esas conocidas mías se me acercó a saludarme y me dijo: 

-¡Uehhhh Petronita!... ¿y qué es que no tienes sueño? 
-¡Nombe!...aquí estoy toa  desvelada... Ajá... ¿y ustedes pa´ dónde van?
-¡Esta es una procesión que me invitaron!... ¿Por qué no vienes con nosotros?... ¡Coge, te doy una vela pa´ que nos acompañes!
-¡No Mija, yo te agradezco pero yo voy es a dormir que ya me está dando sueño!
-¡Bueno!...guárdame la vela y me la das mañana... ¿Oíste?
¡Bueno! ¡Hasta mañana!

Al día siguiente bien tempranito me levanté y después de recoger los toldos y las camas de viento,  barrer el patio y hacer los demás oficios, me acordé de la vela y la fui a ver. ¡Y era una canilla de muerto!... ¡Ay María Santísima si aquello que yo vide anoche era una procesión de brujas!... ¡Dios nos ampare y nos favorezca!... ¿tú puedes creer eso Ramiro?... ¡Una procesión de brujas!

-Hombe Petronita tú estuviste fue de buenas; no te llevaron porque estabas adentro del solar de la casa tuya y la casa es sagrada... ¡Por eso fue que no te llevaron! – le dije yo- 
-¡Sí mano!...¡Y júralo! La Virgen de la Candelaria me iluminó. –Me decía la pobre-

-Hombe... ¡Estas son historias de nuestra tierra!” 

Inmediatamente sonaba con estridente melodía la puya “La espuela del bagre” y después el porro “El Ratón” con su pegajosa cadencia.



EN EL 52 SE FORMÓ CÓRDOBA

Terminada la cortina musical continuaba el locutor: “Estamos en el mes de junio, un miércoles 18 de junio del año 52 se formó el Departamento de Córdoba... ¡Hombe compae eso sí fue grande!... Eso la gente en Montería se volvió loca: hubo maicena, salvas de artillería, comida, bailes de sala.... ¡Carajo! Eso se bailaba aquí y allá, en el parque, en la plaza... en fin. ¡Todo el mundo se la pasaba moviendo, moviendo la angarilla! ¡Eso se veía bailar el negro como si tuviera una espina de mora clavá  en el talón! De Bogotá se  vino el presidente en avión con la mujer, la primera dama. ¡El blanco grande se vino pa´ acá! ¡Imagínese usted cómo sería eso de importante!

El negro Dechamps –era chocoano el hombre-, formó la Banda Departamental y eso nada más se oía la retreta noche y día. ¡Eso sonaba el vals “Flores y perlas” y el Himno de Córdoba cada ratico, cuyas estrofas fueron escritas por el poeta ceretano Rafael Grandet Valverde! Al doctor Remberto Burgos Puche le dicen “el padre del Departamento de Córdoba”; porque a él más que todo fue al que le tocó peliá allá en Bogotá con toda esa gente de Bolívar en el Congreso que no querían que se creara el departamento... ¡Pero el hombre se paró como un verraco y echó la vaina pa´ adelante sin talanquera que la aguante! ... ¡Y aquí está el departamento oyendo el cuento!”...

Y acto seguido sonaba con la majestuosidad de su timbre el porro “María Varilla” y después “Soy Pelayero”, para rematar con “El binde”.
Maestro Miguel Emiro  Naranjo
Eximio músico de la tierra cordobesa

PEDRO ARDIMALAS

“Ahora vamos a contar un cuento de Pedro Ardimalas... ¡hombe ese vergajo sí era malo!... ¡más malo que la mula que patió a Dios! Cuanto estaba chiquito lo mandó la mae con una totuma a que le comprara dos chivos de mazamorra donde la Niña Zunilda, que tenía un ventorro en el otro caserío, pasando el caño. Y salió el puñetero por todo el camino -que era un barrial porque había llovido toda la noche-. El pelao iba repitiendo pa´ que no se le olvidara el mandao: “una totuma de mazamorra por dos chivos de cobre, una totuma de mazamorra por dos chivos de cobre...”. En esas iba cuando no se dio cuenta, pisó mal y ¡juápata!... se cayó dentro de un hoyo de barro y se puso negrito... ¡Del color de la tierra!

¡Mierda!... se me perdió el mandao aquí en este barrial... ¡Tengo que buscarlo pa´ ver  si  lo encuentro!

Y empezó Ardimalas a rebuscar por aquí y a escarbatar por allá, con la totuma bajo del sobaco y los chivos en el bolsillo del mocho de pantalón de lona. ¡Tengo que encontrar el mandado, tengo que encontrarlo! –decía-. Cuando ya tenía un buen rato de estar buscando el mandao, acertó a pasar por ahí un machetero viejo que venía del monte del lao de Manguelito, quien se lo quedó viendo y le dijo:

¡Ajá pelao!... ¿Y qué es lo que buscas tú ahí descalzo en ese barrial?
¡Nombe estoy buscando un mandao que la mae mía me mandó a hacer con esta totuma y estos dos chivos de cobre!...Pero no lo he encontrao.
¡Tú lo que estás buscando es cogé  una mazamorra en el fango maluco ese!
¡Ahhh eso era lo que yo estaba buscando!... ¡la mazamorra!...Ya la encontré, me voy.

Y contento como al principio, salió Pedro Ardimalas del hoyo, embarradito de la tierra y se fue al ventorro a comprar la mazamorra del mandado”.

Una nueva cortina musical sellaba con broche de oro el relato picaresco. Esta vez se trataba del porro “El Pájaro”, seguido de “Fandango Viejo” y  “La Mona Carolina”…

DESPEDIDA

El reloj había corrido rápidamente -quizás demasiado- y Alborada Cordobesa se acercaba a su final. “¡Bueno mi gente, esto se acabó!...  Hasta mañana será otro día cuando con el dicho del lechero, el canto del gochó y el reclamo de la guacharaca, saludemos otra alborada. Porque no se les olvide, mis compadres y comadres: ¡Siempre es bueno coger el día por la punta!”. 

Y luego de haber asistido a aquel delirante paseo por los senderos del folclor y la tradición oral de nuestra tierra, marchábamos a las diarias labores; felices y satisfechos por ser parte viva de un conglomerado culturalmente cohesionado llamado Córdoba. ¡Tierra de la leyenda, el mito y el gracejo! ¡Patria insomne del porro y el fandango que nunca mueren! Estas manifestaciones de nuestra idiosincrasia vivirán cada vez que el hombre cordobés se enfrente a los retos de la vida diaria, con la picaresca de su canto y con el garabato del apunte gracioso con el que aparta las matas del monte de la desidia y el aburrimiento; para cercenar los tallos, a fuerza de aquellos golpes de audacia, ingenio y creatividad que lo hacen inmortal y lo impulsan al infinito.

miércoles, 16 de abril de 2014

A LA BANDERA DEL GUAVIARE Por: Nabonazar Cogollo Ayala



A LA BANDERA DEL GUAVIARE
Por: Nabonazar Cogollo Ayala

La bandera del Guaviare se formó con la grandeza
De esta tierra de hermosura donde Dios posó los pies…
Es su verde la imponencia de sus valles de altivez
Que reflejan este cielo que corona su cabeza.

Calamar la eleva al viento con orgullo y gentileza
Y El retorno le tributa su riqueza y a la vez…
La pujanza de sus gentes que con fuerza y honradez
Van labrando una alborada de progreso y fortaleza.

Miraflores le da un ramo de sus más bellos jardines
San José le canta un himno que la eleva en los confines,
Bajo el cielo del Guaviare, libre y puro como el sol.

¡Guaviarenses, adelante! Lo demanda la bandera
De esta tierra generosa que se yergue tesorera
En procura de un mañana de magnífico arrebol.

Madrid (Cundinamarca)
Diciembre 20 de 2013

lunes, 14 de abril de 2014

A LA BANDERA DEL TOLIMA Por: Nabonazar Cogollo Ayala



A LA BANDERA DEL TOLIMA
Por: Nabonazar Cogollo Ayala

¡Bandera tolimense! Pendón de un pueblo libre,
Con ánimo patriota y espíritu cantor…
¡Permite que hoy eleve mi cántico en tu honor!
¡Permite que un poeta serrano en tu honor vibre!

Eres un grito pleno de espléndido calibre
Que evoca las grandezas del Panche luchador…
El Bunde con sus notas te arropa encantador
Mientras buscas la altura gentil que te equilibre.

La sangre del patriota palpita en vinotinto
Con la fuerza del hombre que el arma lleva al cinto
Mientras proclama al mundo su ardiente libertad.

El oro esplendoroso de indígenas orfebres
Te grita… ¡Ve adelante! ¡Las glorias que celebres,
Las ganan hoy tus hijos que te aman de verdad!

Madrid (Cundinamarca)
Diciembre 5 de 2013